El saxofonista hacía nacer de su instrumento una melodía suave, pero alegre, muy apropiada para conversar. El bar estaba medianamente lleno. Había mucha gente, pero todos vivían únicamente su mundo. Cada mesa era una conversación distinta y las risas abundaban en ellas. Algunos eran grupos grandes que jocosamente fanfarroneaban sobre sus hazañas e historias. Otros grupos no eran más que parejas que conversaban más con el cuerpo que con palabras. Nadie tenía tiempo de mirar para el lado, salvo que algún conocido se acercara a saludar, lo que provocaba más risas y los que eran cuatro se transformaban en siete u ocho.
En un rincón, sin embargo, había una mesa en la cual varias sillas sobraban. Tan solo una de ellas estaba ocupada. Quienes pasaban por ahí se daban cuenta y se acercaban para sacarlas y colocarlas en otra mesa.
-Disculpa, ¿puedo sacar una silla?
El tipo que estaba en aquella mesa movía apenas la cabeza para asentir. Tenía la mirada perdida y parecía apenas ver o percibir lo que a su alrededor ocurría. Bebía una botella de alcohol, un alcohol de que a contraluz se veía de un tono dorado. Lo hacía a pequeños sorbos, pero a ratos y casi con violencia vaciaba raudamente el contenido del vaso, terminando el ritual golpeándolo secamente contra la mesa. El llamado al mesero para que lo llenara nuevamente no se hacía esperar.
El tipo seguía con la mirada perdida. Ni siquiera se daba cuenta que su oscura corbata, al estar suelta y desordenada, se sumía levemente en su trago. Junto con la corbata, vestía un terno gris claro. Su pelo oscuro estaba desordenado, lo que contrastaba con la formalidad de su vestimenta. Se veía un tipo joven, de unos treinta y tantos años, pero a medida que seguía bebiendo parecía avejentarse cada vez más.
Un maletín bastante grueso estaba a su lado y de este asomaban tímidamente algunas hojas de papel. Había una en particular que parecía perder esa timidez y exhibirse más que las demás, como pidiendo que la mirasen. El hombre, casi mecánicamente, giro su cabeza. Al ver la hoja que se mostraba, la tomó y la sacó con fuerza, perdiendo ahora su mirada en ella.
El papel tenía una letra bastante pequeña, de esas que utilizan las antiguas máquinas de escribir, pero igual se podía leer claramente su contenido. En él se informaba de la suspensión de Roberto Vega Véliz como Juez Subrogante del Cuarto Juzgado del Crimen de Santiago. Mientras leía, se podía ver cómo los ojos se humedecían y su rostro denotaba un dejo de profunda rabia. Era una rabia consigo mismo y con lo estúpido que fue. Pensaba en cómo podía ser posible que su exitosa carrera haya dado un giro tan violento por una calentura del momento. Inmediatamente se le vino a la cabeza la figura de su padre, Roberto Vega Sarmiento, quien también fue juez y de los más destacados que han pasado por el Poder Judicial. Recordó la promesa que le hizo antes de que muriese.
-Papá, prometo que, haga lo que haga o trabaje donde trabaje, siempre seré un hombre honesto y de bien.
Recordaba esas palabras y sentía que le había fallado a su padre. Un hombre honesto no transa su ética por nada. En alguna oportunidad uno de sus profesores más queridos en la Escuela de Derecho le había dicho algo parecido: “la honestidad lo es todo”.
Siguió bebiendo. A cada sorbo se sumaba un recuerdo más. A la mente llegaba el caso de Juan Araya, un individuo que había sido acusado de robo con fuerza. Asumió este proceso como tantos otros que tenía, sin pensar jamás el giro que tendría su vida después de eso. Ya tenía las pruebas para condenarlo y enviarlo a la cárcel. Para un juez de su nivel y desempeño, esto no era más que simple rutina.
En el bar, Roberto sacaba sus conclusiones. El destino existe y las casualidades no son tales. Recordó que, en el mismo momento en que revisaba las fojas del caso de Juan Araya, la secretaria del juzgado le avisa de una visita. Se extraña, nadie lo visita en su trabajo. De hecho a sus conocidos siempre les prohíbe que lo visiten en el juzgado, una costumbre que heredó de su padre quién, como un acto de transparencia y responsabilidad, no aceptaba visitas de amigos en las dependencias judiciales.
-Magistrado Vega, lo busca una mujer de nombre Marcela Soto.
-Hágala pasar- respondió, extrañado pues no conocía a ninguna mujer con ese nombre. Pero algo le día que debía escucharla.
Tras abrirse la puerta ingresó una mujer joven, de unos 24 o 25 años. Inmediatamente el juez quedó hipnotizado por esta mujer. Caminaba con movimientos felinos, contorneando un moreno y escultural cuerpo que se dejaba ver a través de unos ajustados pantalones y una blusa con un escote que dejaba fluir la imaginación. Era dueña de una mirada cautivadora y penetrante y sus verdes ojos eran un arma muy difícil de sortear.
Se presentó. Dijo ser la esposa de Juan Araya. En ese momento Roberto la escuchaba a medias, pues sus ojos estaban sumidos en esos gruesos y rojos labios que capturaban toda la atención.
-Estoy desesperada y dispuesta a cualquier cosa por liberar a Juan.
Roberto apenas atinaba a responder. Era extraño, pero en ese momento aquella mujer podría haber hecho lo que quisiera con él. No creía en el amor a primera vista, pero la atracción con esa mujer fue tal que incluso comenzó a dudar de eso. El juez estaba separado desde hace un año y no había vuelto a relacionarse con ninguna mujer. Se refugió absolutamente en el trabajo para olvidar el dolor de un proyecto de vida que no prosperó.
La mujer le dijo que necesitaba conversar con él, pero que el lugar no era el más apropiado, que desconfiaba de las oficinas porque siempre tienen oídos. No dejaba de tener razón. Cerca de ahí no había restaurantes ni cafés donde poder conversar. Además, no era conveniente hacerlo en un lugar público, pues algún colega lo podría ver y lo que menos deseaba era estar en boca de todos por algo que no era su trabajo. La solución se la dio la misma mujer.
-Cerca de aquí hay unos departamentos que se arriendan por hora. Tal vez eso sería conveniente para que nadie nos vea- dijo la mujer con un tono de sensualidad que terminó por doblegar cualquier intento de resistencia que haya tenido el juez.
La cita quedó hecha. En una hora más, cuando Roberto saliera de su oficina, la mujer lo esperaría en uno de los departamentos. Era un lugar que no conocía. Por lo mismo, pensó que sería mejor pues así nadie lo conocería. Quedaba a tan solo unos minutos de ahí. Ideal.
La hora le pareció eterna. No podía trabajar, su mente estaba perturbada por aquella figura tan cautivante. Desde que se había separado, nunca había vuelto a tener sexo, por lo que sus deseos y fantasías lo perturbaron. No había concentración. Sabía que lo que hacía no era correcto, sabía también que nadie le aseguraba que el encuentro terminaría en otra cosa. Pero la sensación de peligro y la más remota de las posibilidades de consumar algo con ella, lo volvían loco.
El encuentro se produjo. Finalmente apenas tocaron el tema del esposo detenido. Terminaron, previa botella de champaña, haciendo el amor. Roberto se perdió en el cuerpo de aquella mujer buscando la sensación de aventura que nunca había sentido, ni con su ex esposa.
Nada es tan bueno como parece. Jamás pensó que esa tal Marcela Soto sería su perdición. Al día siguiente lo llamó diciéndole que tenía fotos del encuentro y que se las haría llegar a sus superiores si es que no eliminaba las pruebas que acusaban a su marido. En ese memento a Roberto el mundo se le vino abajo. Su carrera estaba en peligro y todo por una mujer. Su ética se le fue al diablo.
Ahora ya no quedaba más que olvidar y beber. Roberto estaba acabado. No tenía nada. Lo único por lo que luchó y perdió tantas cosas, su trabajo, se le fue por un efímero orgasmo. Era como una pequeña muerte, ya no había nada más. No le quedó más alternativa que contarles lo sucedido a sus superiores. Era lo que su padre le hubiese aconsejado.
El bar ya está casi vacío y Roberto ha perdido la conciencia de tanto tomar. Ya no quedaba nada, no importaba nada. Las sillas de esa mesa seguirán vacías y la corbata continuará sumida en el vaso de alcohol. Tan sumida como la vida de un Juez de la República.
Redactado por Rodrigo Villagrán B.© Derechos Reservados






